Hace algunos años, cuando las mujeres nos casábamos, solíamos agregar el apellido de casada al de nuestra familia de origen, con la preposición “de” en el medio. En otros países, la costumbre era utilizar un guión entre el apellido de soltera y el del hombre a quien le dimos el “sí” o, directamente, eliminábamos el de nuestra familia y adoptábamos el de nuestro esposo.
En la actualidad, parecería que esta tendencia se está revirtiendo con cierta rapidez. Son más y más las mujeres que, luego del matrimonio, deciden mantener su apellido de soltera, sin pensar siquiera en agregar el de sus maridos al propio. Y no se trata solamente de aquellas mujeres conocidas en su profesión por el nombre con el que nacieron: lo que antes sucedía naturalmente después de celebrar la boda, ahora, en muchos casos, es una decisión que se toma después de pensar sobre el tema con detenimiento.
Pero, contrariamente a lo que parece suceder, en un estudio realizado recientemente por el Center for Survey Research de la Universidad de Indiana, el 70 % de las encuestadas dijeron que las mujeres sí deberían usar el apellido de sus esposos al casarse, y el 50% afirmó que este debería ser un requisito legal (en EE.UU.) Los resultados han sido mucho más conservadores de lo esperado.
Personalmente, creo que adoptar el apellido de nuestro marido no implica una pérdida de la identidad ni un cambio radical en nuestra personalidad, sino una expresión del inicio de una vida juntos, en familia. Y que sí debería ser una decisión tomada por la mujer o por la pareja en conjunto, no un requisito legal.
¿Crees que las mujeres casadas deben usar el apellido de sus maridos?
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