Después de lidiar con un problema recurrente durante algún tiempo, encontraste la solución, ¡qué bueno! El problema estaba resuelto… aparentemente. Algo que te perturba recurrentemente demanda soluciones nuevas para combatirlo.
Has probado distintos métodos en el pasado, y ninguno funcionó correctamente. O siempre trataste de hacer lo mismo y, lógicamente, obtenías el mismo resultado.
Hoy, con nuevas herramientas, mirando el problema desde otro ángulo, poniéndote en el lugar de otra persona o desde un observador, escuchando distintas propuestas, hablando con tus allegados o leyendo libros sobre el tema que te aquejaba, has dado en la tecla: enfocaste el nudo de la cuestión, te diste cuenta que había nuevas posibilidades de abordar el tema que te preocupaba, y lo resolviste.
De pronto sentiste un Eureka dentro tuyo que te hizo creer que el conflicto estaba llegando a su fin. A mí también me sucedió: tomé las acciones correctivas del caso, me felicité una y mil veces por estar arribando a una nueva etapa, encontré nuevas facetas del problema que me permitieron tener otra concepción de las cosas y así llegué a la manera de solucionarlo. ¡Qué bien me sentí! Pero… ¿qué está sucediendo alrededor? Al principio, euforia, cambios notables en mí y, por consiguiente, en mi entorno y en las personas involucradas… aunque esto no era lo que esperaba.
El problema tal como yo lo percibía antes no era exactamente el mismo: había mutado. Pero había algo que seguía molestando, cuando yo creí que estaba completamente erradicado. Es que yo no había tenido en cuenta las ganancias secundarias que mi actitud traía aparejada.
Primero, a quedarse tranquilo: la situación nunca es igual que la anterior: ya ha cambiado. Segundo, veamos qué son las ganancias secundarias: toda conducta persigue un fin. Una conducta negativa o problemática en realidad tiene, a otro nivel, una función positiva. Por ejemplo, si fumas, tal vez la ganancia secundaria sea relajarte, por lo que si encuentras otro modo de relajación, tus deseos de fumar podrán desaparecer. Las ganancias secundarias son las verdaderas provocadoras del síntoma que te está molestando, y con un simple reencuadre, podemos satisfacerlas de otro modo.
Veamos qué me sucedía a mí: solía pelear con una de mis hermanas mayores. Sólo buscar una solución al problema es válido y útil, pero no definitivo. Yo cambié mi manera de tratarla, dejé de tomarme de manera tan personal sus ataques verbales, les resté importancia, y nuestro trato mejoró notablemente… ¡pero empecé a tener problemas de comunicación con mi otra hermana! El problema parecía haber mutado, en realidad, era el mismo: la ganancia secundaria que yo inconscientemente buscaba y que provocaba riñas con mis hermanas. Mi inconsciente me estaba alertando que el problema de fondo aún no estaba resuelto.
La pregunta para averiguar qué hay realmente detrás de una conducta problemática es: ¿qué busco específicamente con esta actitud? En mi caso, me di cuenta que era protagonismo familiar que, de otro modo, siendo la menor, no hubiera tenido.
¡Todos hablaban de mí y de mis peleas con mi hermana mayor! Ésa es la ganancia secundaria que tuve que suplir o reemplazar de algún modo para que no mutara y se manifestara de alguna otra forma. Y encontré una manera mucho más positiva de lograr el mismo cometido, bueno, fueron varias: me di cuenta que ser la menor tiene sus privilegios, cosa que antes, por estar enfrascada en llamar la atención de maneras poco felices para mí y para los demás, ni había notado.
Las ganancias secundarias, sean cuales fueren, son las que, sin lugar a dudas, te darán las soluciones radicales y definitivas que estás buscando, en distintas áreas de tu vida. Búscalas, enfréntalas, hazlas tus aliadas… ¡vale la pena!