Desde hoy tenemos una categoría nueva en el blog: Cuentos. Tengo varios escritos, y primero voy a compartir con ustedes uno cortito y emotivo. Fue publicado en una Antología en 2004.
Seguramente, te vas a emocionar al leerlo.
¡Que lo disfrutes!
Caminaron juntos, entrelazándose como rayos de luz que no se distinguen entre sí. Al mirar hacia atrás, el trayecto compartido era de sentimientos tan profundos que cualquier otra persona dudaría si esos momentos realmente existieron. Ellos no. Sabían en sus corazones que se pueden confundir frases o lugares, pero no se puede confundir la manera en que otra persona nos hizo sentir en su presencia. O en su ausencia.
Aventuras compartidas los habían llevado por recónditos parajes de ensueño. Ya habían estado juntos un número infinito de veces, disfrutando del intercambio mutuo, sin pudores ni límites. Cuántas veces habían atravesado al unísono ese portal impecable hacia el instante único, de entrega total.
Ella sonrió desde el alma, y el niño vulnerable y frágil dentro de él le devolvió la sonrisa. Fue un momento mágico en que los mundos se detuvieron y las estrellas se eclipsaron ante tanta intensidad.
Siguieron caminando de la mano, comprobando cómo dos almas afines desafían con éxito dimensiones tales como el espacio y el tiempo. No hacía falta que se miraran: sus corazones latían en forma acompasada, y esta experiencia que sólo se da unas pocas veces en la vida les bastaba para entender el concepto de eternidad. La conjunción de sus almas les iluminaba la vida y hacía que todo alrededor de ellos tuviera un color más claro y brillante.
Ella lo miró, pero su mirada no era como las anteriores. Ella sabía que sus días juntos estaban contados. ¿Él lo intuía? ¿Podía darse cuenta de que ella se estaba despidiendo?